La Teoría de cuerdas, al igual que todas las grandes revoluciones científicas habidas a lo largo de la Historia, nos obliga a cuestionar todo lo que sabemos sobre la naturaleza del espacio y tiempo que creemos conocer. Ya Einstein comprobó que el espacio no es estático, sino una estructura que se estira y se comba. Habló, además, de los agujeros de gusano: grietas en dicho tejido que permitirían atravesarlo a modo de atajo.
En los años 80, aparecieron cinco variantes de la Teoría de cuerdas, todas ellas igual de válidas. Este fue el gran rompecabezas a resolver durante años. Hasta que, en 1995, uno de los físicos y matemáticos más relevantes en la actualidad, Ed Witten, presentó su solución al enigma. Según él, no había cinco teorías diferentes, sino que, en realidad, eran cinco enfoques sobre un mismo concepto. Es decir, era como si estuviéramos en una habitación cubierta de espejos que reflejaran el mismo objeto desde diferentes perspectivas. Aquello se llamó Teoría M. La Teoría M aportaba cambios. El más importante, que existen 11 dimensiones.
La dimensión añadida a las diez de las que se venía hablando permitía que las cuerdas se extiraran para formar una especie de membranas, las cuales podrían tener tres o más dimensiones. Con la energía suficiente, alguna de ellas podría alcanzar tamaños tan grandes como para albergar nuestro universo. Es decir, que podríamos estar viviendo dentro de una membrana, algo así como si estuvieramos en una rebanada sacada de una barra de pan. Cada rebanada de dicha barra sería un universo paralelo.
La siguiente pregunta es: ¿Estaríamos atrapados o sería posible